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Revista personal de revistas   Año II, No. 1 



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Una vieja historia de derechos de autor en el México prehispánico

Gilberto Rendón Ortiz

 
Un caso documentado de cesión de derechos patrimoniales de una obra intelectual en el mundo prehispánico: El Canto de las mujeres guerreras de Chalco, poema erótico de Ayocuantzin. 


 

Con estas notas pretendo dar a conocer a mis amigos lectores, un caso perfectamente documentado de derechos de autor en tiempos prehispánicos. Se trata de uno de los cantares favoritos de los reyes aztecas adquirido de sus originales propietarios.

Ciertamente, desde el prisma de la literatura, este es uno de los episodios más interesantes del pasado prehispánico. Consignado por Chimalpahin de Cuatlehuanitzin el ilustre indio de Amaquemecan en Las relaciones originales de Chalco Amaquemecan del que es autor y transcriptor. La historia del manuscrito ya es interesante de por sí, pues, como otros textos de procedencia indígena, para poderlo escribir con caracteres latinos, se basó en códices originales, posiblemente en más de ocho de ellos, pues ocho son las relaciones, que han de sumarse a otros escritos desperdigados en los archivos. Cada una de estas relaciones es un documento independiente de los otros, de tal suerte que a veces se repiten los sucesos consignado. La edición que tengo en las manos, una traducción de Silvia Rendón, se publicó en 1982 en los talleres del Fondo de Cultura Económica, con una amplia y docta introducción y un extenso glosario del idioma nahuatl.

Chimalpahin nace en 1579 y emprende el trabajo de escritura a los 41 años de edad, esto es en 1620 por encargo de su propia gente, que a su vez, consiga Silvia Rendón, recibió la orden del virrey don Antonio de Mendoza para que se redactara una historia verdadera de lo que era la Provincia de Chalco Amaquemecan. Esta orden la dio a los catorce años de su reinado, que va de 1535 a 1550. Pasaron 79 años para que se cumpliera, lo que indica que la famosa orden, se diluyó en el tiempo, pero que había la motivación interna del núcleo duro de la población para realizar la empresa que finalmente se encomienda a Chimalpahin. Tomemos en cuenta que desde la caída de Mexico Tenochtitlán, en 1521, hubo en México la Inquisición Monástica en la que se permitía a los prelados realizar todas las funciones episcopales, (quemar a los herejes, por ejemplo) con excepción del ordenamiento. Está fue sustituida en 1535 por la Inquisición Episcopal que duró hasta 1571, cuando se funda la Inquisición Mexicana, que libera a los indígenas de ser juzgados por delitos contra la fe cristiana. Pero hasta esa fecha, los indígenas  eran juzgados severamente a causa de “idolatrías”. La ignorancia supina de los frailes españoles, aunada a su fanatismo, llevó al quemadero y a la destrucción de muchos documentos invalorables y a la destrucción sistemática de todas las pequeñas y grandes manifestaciones de la cultura indígena. Muchos códices que se salvaron a la destrucción española, el tiempo los hizo polvo en los escondites de quienes los resguardaron.

El caso de los códices que sirven para la redacción de las Relaciones Originales, es similar, pero con la salvedad que logran evadir la quema y destrucción por pasar a manos de un religioso de la nobleza indígena, Chimalpahin, que no deja de hacer acotaciones cristianas en el manuscrito, no vayan a confundirse los inquisidores. 

No es gracias a don Antonio de Mendoza, como se dice, que se reúnen los códices y pasan a manos del estudioso; sino que el mandato dado docenas de años antes es el pretexto en el que se basan los príncipes de la región para que se escriban sus Relaciones, se conserve su memoria. Cada uno de los códices que examina, coteja y traduce el sabio cronista, era guardado celosamente por su propietario. Chimalphain los menciona por su nombre. Uno de ellos, Diego Hernández Mochintzetztelohuatzin, principe reinante, muere en 1547, dos años antes de la orden del virrey. Otro códice es rescatado por el propio Chimalpahin, setenta años después de la orden virreinal, de la casa de su suegro, quien lo guardaba en la azotea. Por cierto, lo encuentra muy destruido, No podemos pasar por alto que el suegro, don Rodrigo de Rosas Xohecatzin, escriba del juez, es uno de los personajes que impulsa a Chimalpahin a escribir la historia cuyos primeros testimonios, de acuerdo a “testificaciones” emanadas de fuentes oficiales, comienzan a reunirse desde 1549. Y que es por pedimento del gobernador de Amaquemecan y los ruegos de su suegro, que comienza Chimalpahin con la empresa. Encontrándose don Rodrigo en las esferas oficiales, ¿por que conserva el códice escondido tanto tiempo? La respuesta es obvia. Hasta que no aparece alguien de su entera confianza, su yerno, declara su existencia y se consuma el plan elaborado por los principales del pueblo.

La pertenencia de estos códices es de llamar la atención. Puede pensarse que cuando leemos “el dueño de esta historia era Fulanitzin de Tal”, se habla de la propiedad material del objeto. ¿Y si se hablara de la propiedad intelectual?. Me parece que este es un asunto que conviene estudiar a fondo a los especialistas, que en asuntos prehispánicos los hay de primera. La pertenencia intelectual de una creación humana no es extraña en ninguna parte del mundo, menos en el México antiguo. La transmisión de ese legado, nos habla de “derechos de autor”. El propio Chimalpahin nos cuenta: “Verdaderamente fui yo y según mis conocimientos quien por mi propia mano escribí pintando las letras, pues según me decía, me objetaba mi yerno, ‘deberá de saberse de quien es este papel escrito con las antiguas relaciones originales de los linajes reales, hazlo tú ver allí’.

Por análogas razones, Chimalpahin tiene el cuidado de consignar el origen y el propietario original de las pinturas en que se basan sus Relaciones.

Pero fuera de estas alusiones, tenemos gracias a Chimalpahin el testimonio de la propiedad intelectual de una obra de arte que pasa de unas manos a otras y se deja como legado a sus herederos. Esta obra de arte es un performance que reúne poesía, música y coreografías, al que los estudiosos llaman “Canto de las mujeres guerreras de Chalco” y del que se conserva únicamente la letra del poema. Este es un canto erótico del que no se ha hecho una buena traducción al español sino algunas buenas transcripciones apegadas a lo literal. La traducción de los textos antiguos enfrenta las naturales dificultades de la traducción de un idioma a otro, acrecentadas por el paso del tiempo y la lejanía cultural. La poesía ofrece dificultades aún mayores, pues, aparte de los conocimientos de la cultura de aquel tiempo, el traductor debe ser un poeta. En este caso, un muy buen poeta. Para hacer más difícil cualquier traducción, el poema, lo mismo que los cantares llamados “traviesos” con una connotación erótica, está llenó de juegos de palabras y dobles sentidos del tipo que en México conocemos como “albures”, pero aún más sofisticados, dada la riqueza de la lengua nahuatl.

Esta obra artística fue compuesta por Aquiahuatzin de Ayapanco con el propósito de agradar a Axayacatl, emperador de México en los años de 1469 a 1481. La anécdota es en verdad preciosa, y refiere los esfuerzos de los chalcas por lisonjear a uno de los reyes aztecas que se destaca de los demás por una personalidad peculiar. Para esto preparan una espectacular presentación del show erótico en honor de Axayacatzin. 

El emperador no se digna a presenciar el evento, sino que permanece en sus habitaciones reales. Esto, en principio, resulta bien para los chalcas, pues el espectáculo comienza de manera desastrosa. El tambor se pone nervioso y no puede llevar el ritmo: los propios cantos desfallecen, las voces desentonan. Ya se miran los cantores en el altar de los sacrificios víctimas de la cólera real o de la venganza de los achichintles del rey, cuando un joven músico aparta al tambor oficial quien dirigía el canto y toma su lugar y recompone la situación. Lo hace con tal maestría que Axayacatl, a quien le importaba un bledo el esfuerzo de los chalcas por quedar bien con él, se emociona al escuchar la música, deja sus habitaciones y él mismo sale a bailar y mezclarse con los cantores y las danzantes. A pesar de esto, los señores que tuvieron la gran idea de llevar el espectáculo, temen por su suerte. Lo cuenta Chimalpahin de manera notable. Veamos parte del relato de acuerdo a la traducción de Silvia Rendón. Como antecedente histórico habría que decir que los chalcas habían sido conquistados por los aztecas recientemente por el padre de Axayacatl, Moctezuma I. Al llegar al trono de México el nuevo emperador, los chalcas tratan de congraciarse con él y organizan un espectáculo musical compuesto en honor de Axayacatl. De ahí la explicación inicial de que el sucedido ocurrió cuando “por primera vez tuvimos que ir a cantar a México los amaquemeques”.

 "Año 13 caña, 1479...

También entonces fue cuando por primera vez tuvimos que ir a cantar a México los amaquemeques y los chalcas tlalmanalcas. El canto escogido fue el canto guerrero de las soldaderas chalcas, ése fue el canto que le fuimos a cantar al señor Axayacatzin. El canto y la danza se hicieron en el patio de su palacio, y cuando Axayacatzin estaba aún adentro de sus habitaciones con sus mujeres, el canto fue comenzado lentamente por un príncipe de Tlalmanalco, pero haciendo una música desentonada y entonándolo disparejamente. Desmayadamente tocó con el tambor alzado o alto y por fin se agachó sobre el tambor sin saber qué más hacer. Pero junto al tambor estaba parado el llamado Quecholcohuatzin, de la nobleza de Amaquemecan, que era un gran entendido en cantares y gran conocedor de cuestiones de música, y como observó esa desafinada serenata, y considerando que la danza y el concierto se echarían a perder con tal músico, se acercó al tambor, lo tomó a su cargo y remedió la danza a modo que no bajase el entusiasmo al modo que el Quecholcohuatzin sabía imponer al ritmo del baile.

En tanto el noble de Tlalmanalco nomás permanecía con la cabeza inclinada mientras lo otros seguían el baile y el Axayacatzin, que estaba aún dentro de las habitaciones y le habían ido a decir lo que pasaba, grandemente se quedó sorprendido cuando oyó la música y el canto que dirigía el dicho Quechocohuatzin y se animó tanto, le gustó tanto que se levantó violentamente y dejó la compañía de las damas con quienes se hallaba y salió en seguida dispuesto a danzar. Cuando llegó al patio donde se estaba desarrollando el baile, puso cuidado en un lado de su cara para oír mejor y muy regocijado de escuchar aquel canto y aquel ritmo de danza, también él se puso a ejecutar pasos y vueltas de danza. Pero cuando el baile hubo concluido el señor Axayacatzin se expresó así: “A ese tonto rústico que me habéis traído como director del concierto, no lo utilicéis más”, a lo que ellos contestaron: “Bien, Señor nuestro, como vos decís así se hará”. Con esta orden del despido del mal músico de la parte del Axayacatzin se asustaron mucho todos los nobles chalcas y aún perplejos quedaron cuando supieron que esa era la primera vez que el noble de Tlalmanalco tocaba en su vida y dirigía un concierto de canto...

Hasta ese momento los chalcas no tenían idea de lo que les ocurriría a causa del músico y a causa del canto, así como a causa del ritmo de la danza, y unos y otros se decían los principales chalcas: “Vaya, nos hizo quedar mal aquel haciendo desafinar nuestro canto. ¿Qué no irán a hacer por eso? ¿Acaso no se le ocurrirá mandarnos castigar aquí mismo?.” Mientras tanto el señor Axayacatzin había vuelto a entrar a su palacio y se había ido a sentar entre las damas nobles que eran sus amigas y en seguida envió un criado para que llamase y diese palabra al Quecholcohuatzin de que quería hablarle acerca de su canto el Axayacatzin. Así que el criado que había sido enviado dijo al grupo de los principales chalcas: “¿quién de vosotros es el que estuvo cantando antes? ¿Quién de vosotros es el que estuvo tocando? ¡Lo está aguardando la persona del Señor! Que venga con nosotros para que lo introduzcamos al interior de la casa”. Y luego luego le respondieron, se apresuraron a decirle: “Aquí está, aquí vemos su persona”, y buscaron a voces los nobles chalcas al joven Quecholcohuatzin, y temieron que no fuera a condenarlos a muerte el Axayacatzin. En seguida fueron ordenados que entraran ellos luego que el Señor hubiese terminado de hablar con aquél, cosa que dejó pensativos y atemorizados a los chalcas.

Luego que el Quecholcohuatzin estuvo en la presencia de Axayacatzin tomó un poco de polvo del suelo, hizo ademán de comerlo y arrojándose sobre el piso, le dijo: “¡Amo mío, Señor, frente a vos se halla el más humilde de vuestros vasallos, puesto que deseaste que frente a vos viniera, dicho sea con respeto!”. Pero ni siquiera le dejó tiempo de hablar el Axayacatzin, sino que dirigiéndose vivamente a las nobles damas, sus mujeres, les dijo: “Señoras mías, levantáos y venid a hacer conocimiento y amistad con éste, que quiero que permanezca entre vosotras como vuestro entenado y pariente político, pues quiero referiros para que sepáis cómo fue éste quien rompió y desbarató el muro de mi desgano para el regocijo haciéndome animar y recobrar entusiasmo. ¡Señoras mías! ¡Sí, éste fue quien me hizo bailar, éste lo hizo con el canto que nos cantó, este Quecholcohuatzin, y no por una sola vez! Él me hizo salir, noshizo que danzáramos a gusto, ¿cómo no voy a querer que él permanezca aquí entre vosotras como vuestro entenado y pariente político para siempre? ¡Y no sólo eso sino que lo haré mi cantor personal!

Viene una larga descripción de los regalos que recibe el joven músico y luego, continúa nuestro autor:

En seguida, él mismo dio órdenes para  que saliese Quecholcohuatzin totalmente revestido con su cobertura de cuerpo de símbolos de turquesa, y su braguero ceñidor con símbolos de turquesa, y sus sandalias de símbolo de turquesa, y ordenó que algunos portadores fuesen con él para llevarle sus bultos de pañetes-moneda y sus bultos de almendras de cacao.

Cuando los chalcas lo vieron hicieron grandísimas muestras de regocijo, pues pensaban que quizás ya se encontraba en la jaula de madera que servía de cárcel y que allí lo habían encerrado, si es que no lo habían mandado matar, cuando que ahora lo estaban dando congratulaciones los que antes habían temido por él.

Y como el Señor Axayacatzin deseaba muchísimo animarse y sentirse entusiasmado con el cantar guerrero de los chalcas de “la Enemiga” aún otra vez, mandó palabra a todos los principales chalcas suplicándoles que le cedieran este canto guerrero y especialmente rogó a aquellos de Amaquemecan, por que este canto era el cantar de los tlayllotlacas y ahora lo tenían como su propiedad los chalcas, este canto de “Nuestra Enemiga”. Particularmente era la propiedad de un noble llamado Aquiahuatzin Cuauhquiyauhcatzintli, quien era un gran poeta y compositor de cantos; y él era quien había cobrado gran fama por sus cantos ya durante la época del Señor Huehue Ayocuantzin Chichimeca Teuhctli que fue Señor de Iztlacozauhcan Totollimpa.

Esta fue la forma de cómo entró bajo Axayacatzin dicho cantar que había sido compuesto en lengua extranjera, y que era del Huehue Ayocuantzin.

Fue, pues, bien bajo este dicho Axayacatzin cuando entró en la cuenta de su casa este canto de la mujer guerrera en el dicho año de referencia. Formó parte de sus propiedades y riqueza este cantar y tuvo la insignia del referido Señor Axayacatzin. Con frecuencia hizo que lo cantaran en sus residencias y palacios y cada vez se entusiasmaba y emocionaba grandemente. Siempre quien dirigía el canto era aquel que ya se mencionó antes, el dicho Quecholcohuatzin que posteriormente llevó el nombre de “don Jerónimo” a quien amó muchísimo y a quien hacía frecuentemente ir a México para que diera conciertos de este cantar. Este mismo canto lo dejó en herencia el Axayacatzin a su hijo querido , el nombrado Tezozomoctli Acolnahuácatl, y éste a su vez a su hijo, nieto de Axayacatzin, el que se llamó don Diego de Alvarado Huanitzin, quien fue nombrado Señor de Ehcatepec y que después vino a ejercer como gobernador de México Tenuchtitlan, todos los cuales jefes también hicieron conciertos con este canto y bailaron danzas ceremoniales en sus ritmos en sus casas palaciegas de México, a causa de que era una maravilla este cantar, y que gracias a él la ciudad de Amaquemecan tuvo gloria y fama, la misma ciudad que ahora no parece sino un pueblo rabón.

La cuestión de la propiedad intelectual y la cesión de los derechos de autor, están muy claros en el relato, asunto central que algunos estudiosos han pasado por alto al distraer su atención el poderoso magnetismo del Chalca Cihuacuícatl, el Canto de las mujeres de Chalco.

Sobre este poema hago a un lado mis observaciones personales debido, sobretodo, a que no son de un especialista y no pretendo parecerlo. Sin embargo, me quedo con una de ellas: a pesar de las alusiones sexuales “ofensivas”, no es posible aventurar, como se ha hecho en algunos estudios, que con este poema los chalcas cobran venganza contra los aztecas por la reciente conquista que padecieron. Esta interpretación sólo puede hacerse a través de un prisma muy lejano a la cultura prehispánica. Basta leer a Chimalpahin para comprender el pánico que sufrían los principales amaquemenses al pensar que serían castigados por desafinar al principio del concierto. Si temblaban por esto, ¿se hubieran atrevido a ofender con palabras de doble sentido al rey de México? Es cierto que los dobles sentidos de los cantares en el idioma mexicano, son muy difíciles de descifrar aún para los estudiosos, al grado que burlaron la censura de los frailes evangelizadores que hablaban perfectamente el nahuatl, razón por la que llegaron a nuestro tiempo. Todo esto es cierto, pero el propio Axayacatl no podía haber sido engañado en su propio idioma. El menor insulto, la menor de las ofensas, hubiera sido castigada severamente. Léase líneas atrás cómo el soberano sale de su palacio y acomoda el rostro de un lado a otro para escuchar claramente lo que se dice. Las alusiones a su falta de vigor sexual, a la homosexualidad y demás libertades que se toman sobre su persona, tienen que verse desde otra óptica distinta a la moralidad de los frailecitos que escribieron la historia de México o traducirse de alguna otra manera sin olvidarse del contexto. 

Sobre la riqueza de los juegos de palabras con una connotación sexual, recomiendo al lector interesado acceder a la lectura de un ensayo de Patrick Johansson titulado “dilogía, metáforas y albures en cantos eróticos nahuas del siglo XVI” en la siguiente liga: Johansson

En ese artículo se ve cómo hasta los nombres propios (el de Moctezuma es un ejemplo de Johansson), resultan en un juego de palabras que no tiene nada que ver con el soberano azteca. No digo que en el Canto de las mujeres guerreras de Chalco, resulte lo mismo necesariamente con el nombre de Axayacatzin; sino que se interpreten bajo el contexto que nos dibuja el sabio cronista de Amecameca.

El Chalca Cihuacuícatl espera a su traductor, al gran poeta que se atreva a rivalizar con Ayocuantzin. Por lo pronto, las versiones que se nos han entregado en los Cantares Mexicanos, hablan de la riqueza literaria de los pueblos prehispánicos para quienes la propiedad intelectual merecía un gran aprecio. Reconocían los derechos de autor y los respetaban cabalmente, cosa que en pleno siglo XXI no ocurre en todos lados.

 

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El Chalca Cihuacuícatl 
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Axayacatito (Axayacatzin)
Hace casi treinta años escribí un cuento al que titulé "Zazaniles, adivinanzas de los tiempos olvidados". Se publicó primeramente en La Habana, Cuba (1984), en la colección Premio de la Casa de las Américas en el libro "Grillito Socoyote en el Circo de Pulgas y otros cuentos de animales". ¿Qué tiene que ver un cuento para niños con el Canto de las mujeres guerreras de Chalco? Bueno, para escribir un cuento o una novela, suelo documentarme lo más posible, aunque a veces el simple ejercicio de llenarse de otros mundos, da el tema y la inspiración para ponerse a escribir. En este caso, al tratar el tema de los zazaniles (qué cosa y cosa es una cosa...), me vino a la memoria el poema mencionado e inventé "un himno propio de las mosquitas axayacate", el cual, con perdón de Ayocuantzin, remeda un tanto algunos de sus versos, dedicados precisamente a Axayacatzin, emperador de México. Años después, escribí las notas que adapté para esta ocasión.  
 
 

 
 

Una raya


 










Glifo de Amaquemecan























Glifo de Chalco










































La conquista de Tlatelolco por Axayacatl




















































































































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