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GILBERTO RENDÓN ORTIZ HOME PAGE 

Derechos Reservados conforme la  ley

D.R. (2008)

 
Cuando las referencias bibliográficas son parte de la vida

Las referencias bibliográficas suelen venir a nosotros en el momento oportuno, así como, se dice, se presenta el maestro al iniciado.  
En los lejanos años de mi adolescencia, muchos autores nuevos aparecieron en mis listas de futuros a comprar, gracias al libro de texto de español,  que contenía una historia de la literatura en legua española. El Marqués de Santillana, Jorge Manrique y Gonzalo de  Berceo, por citar a los más antiguos. En mi segunda estancia en el D.F., recién egresado de la secundaria, ávido de lecturas empecé a buscar en las librerías libros de aquellos autores mal estudiados en la escuela. Quevedo, Cervantes y Calderón de la Barca fueron de mis primeras adquisiciones en las librerías de avenida Hildalgo, la vieja Zaplana de San Juan de Letrán y la librería de Cristal de la Alameda. De los libreros de mis padres antes de los trece años, había yo devorado obras de Verne, Twain, Salgari, Stevenson, Karl May, amén de cuentos de hadas y series de aventuras como Doc Savage, pero al movernos de residencia los libros se fueron haciendo menos, pues se quedaban en los libreros con todos los demás muebles amontonados. Dejamos villa de Ayala cuando andaba yo en los ocho años, porque el gobierno partió la casa en dos, al abrir una calle. Nos cambiamos a la casa de la abuela, en Cuautla, temporalmente. Se llevaron algunos libros, pero más tarde nos mudamos a México y poco después, al dejar mi padre su empleo, regresamos a villa de Ayala. Fue un regreso difícil, a medio año escolar del segundo de secundaria, pero recuerdo cómo mi madre trataba de hacerme el trago nada amargo, contándome que allá estaban Ben Hur esperándome, lo mismo que Fabiola, Quo Vadis? El conde de Montecristo y otras novelas. Inclusive revistas llenas de cuentos de misterio y aventuras. Terminé la secundaria y de nuevo el cambio definitivo a la ciudad de México. Una de las lecturas que más apreciaba haber hecho en La Villa, fue el Quijote, donde las referencias bibliográficas cobraron por primera vez el sentido que ahora les doy (los libros recomendados que aceptamos de buen grado). Apunté en un cuaderno los títulos y autores que salvaba el barbero de la hoguera. “Esos hay que leer” me decía.

Desde entonces un título o un autor referenciado en un libro que aprecio, lo busco tenazmente, pues lo considero una recomendación de primera, algo obligado.

Fue así como Rudyard Kipling me puso a la búsqueda de Lucien Biart y Aventuras de un joven naturalista en México. Tardé algunos años en conseguirlo y sólo lo logré gracias a Internet, primero entre los archivos digitales y recientemente gracias a la imprenta digital una edición "facsimilar" de 1873.

Lo contrario ocurrió en una reciente lectura que hice de Victor Hugo. Deseaba hacer una cita suya y terminé releyendo completo Los Miserables. Me fijé entonces en un episodio secundario al cual en las primeras lecturas no se presta demasiada atención pues están ocurriendo cosas demasiado interesantes con Nicole y Pierrot. El caso de un librero en ruina, quien atesoraba sus libros y acaba por venderlos uno a uno para tener qué comer. De pronto sólo le queda uno, La vida de los filósofos, de Diógenes, el más apreciado de todos y del que no desea desprenderse por nada del mundo; pero la buena mujer que asea su casa, se enferma y no tiene más remedio que salir a venderlo para comprar la medicina. Es la última referencia que hace Victor Hugo sobre el librero. Unos días después de esta relectura, me hacen el regalo de dos libros. Los plateados de tierra caliente, en una edición de Conaculta que no tenía, y el libro de Diógenes. La obra de Diógenes ha cobrado de pronto para mi relevancia especial, pues, aparte de la feliz coincidencia que se dio, lo recibí de manos de Ortiz Padilla un mes antes de que falleciera, la última vez que visitó su Cuautla. 

Arriba, la Parota de Villa de Ayala, visión que llenó muchos años de mi vida desde ese mismo ángulo.

    

Ideas para hacer crecer

Suplemento para chicos y grandes. 

Recreaciones científicas

Ingeniería del juguete: 
El mecanismo de cuerda más sencillo  

 

Ludoteca 

Un espacio para  recrear el juego: La Ludoteca de Cuautla cumple 9 años de brindar el mejor espacio para el recreo infantil. Algunos materiales suyos.


Un truco para leer mejor

 

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Revista personal de revistas   Año II, No. 1 



Una raya
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El Chinelo, invención de un músico genial que no sabía leer ni escribir música.

Gilberto Rendón Ortiz

 

En la presentación del libro "Un acercamiento al origen del chinelo, su danza y su música", de don Alejandro Ortiz Padilla, en noviembre de 2007, tuve la oportunidad de pronunciar unas palabras sobre la manifestación cultural más vigorosa del estado de Morelos, que ahora publico como un homenaje en memoria del autor, un ilustre cuautlense.


Traje de chinelo de Tlayacapan, durante la exposición Arte y Magia del Chinelo celebrada en el Museo de Arte de Cuautla, agosto de 2006. 

Me da mucho gusto estar aquí con todos ustedes, en un lugar de tanta trascendencia cultural e histórica como es el Lugar del Cerro del Yauhtli, el Yautepec de Gómez Farías, el Yautepec de Zaragoza, el Yautepec del Chinelo, donde no sólo se constituyó de manera formal nuestro estado sino que con el mismo vigor del pasado se sigue enriqueciendo su cultura y su historia. Hoy con motivo de la presentación del libro de Alejandro Ortiz Padilla Una aproximación al origen del chinelo, su danza y su música, un libro de singular importancia documental, un libro que debe marcar la pauta no sólo en aquellos aspectos que esclarece, sino en todas aquellas inquietudes a las que motiva, en este caso asumiendo el papel de periodista, investigador y conocedor profundo de la música popular morelense. No es nada casual que aquí se hagan públicas por primera vez las partituras originales de los sones del chinelo, ya que ha sido un ejercicio de por vida el de Alejandro el atesoramiento de la cultura popular, el acercarse desde muy joven a las manifestaciones más profundas del ser morelense. 

Este libro empezó a escribirse de alguna forma en 1961 cuando en una fiesta de toros en Cuautlixo, a la que llevó a algunos de sus sobrinos y documentó con su camarita de cine de ocho milímetros, se inició el contacto con Brigido Santamaría director de la banda de Tlayacapan; pero si hemos de ser precisos, desde 1929, siendo un chiquillo, Alejandro se planteó la pregunta cuya respuesta ahora, cuarenta y seis años después de aquel encuentro, tenemos a la mano sobre el origen de la música del chinelo. 

El libro es una serie de entrevistas, que, muy aparte de su contenido documental, son una lección de cómo conducir una conversación a la altura del entrevistado, es decir con el conocimiento profundo de lo que se trata. El autor indaga, pregunta, comenta, y los dos juntos, entrevistado y entrevistador, nos revelan con claridad los secretos que guardaba la memoria ancestral. Como me lo contaron te lo cuento, hace paráfrasis de Alfonso Reyes, pero es algo más que eso: todo un trabajo de paciente y amorosa investigación.  

En 1962, siete meses después del primer encuentro con Santamaría, y luego de un intercambio epistolar, se da la entrevista primera y de ahí parte Alejandro para tratar de atar los cabos sueltos. Año tras año, sigue las pistas y va recolectando uno a uno los pequeños hallazgos y nuevas y tenues pistas que lo conducen a uno y otro lugar. Todavía en el año 2002 logra obtener un revelador documento del año 1885 y así, tras una larga aventura, el libro se publica este mismo año de 2007, bajo el sello de CONACULTA a través del programa de culturas municipales, con la participación central del municipio de Tlayacapan. 

Como se ha dicho numerosas veces el libro se titula Una aproximación al origen del chinelo, su danza y su mùsica, y el título no puede ser más revelador. El autor se une a una de las corrientes de investigación aislacionista, que mira el origen de algo de cósmica resonancia en el pequeño universo de un pueblo aislado en las montañas, a fin de llegar a lo particular o esencial y descubrirnos el verdadero rostro de los actores. Así, pues, nos da a conocer a los profanos a un personaje extraordinario al que se debe la creación de los sones musicales del chinelo y hasta la invención del nombre original. 

Jesús Meza, Alias Chucho el Muerto, resulta ser un músico extraordinario, posiblemente la expresión más elevada del genio musical minimal, esto es con una creatividad sonora elemental, restringida a los silbidos, el instrumento musical que llevamos dentro. Compuso 72 sones para las danzas del chinelo y más de 50 jarabes para el jaripeo, según se acordaba uno de los entrevistados. Todo eso, si no es que más, sin saber tocar su propia música en otro instrumento. A puros silbidos. 

Traje de chinelo de Yautepec, durante la exposición Arte y Magia del Chinelo celebrada en el Museo de Artes de Cuautla. 

Los silbidos formaban parte de la música indígena en la época de la conquista. Bernal Díaz del Castillo, refiere que los indios “tocaban cosas diabólicas y daban grandes gritos y silbidos”. Los zapotecas hacían música con silbidos, y en algunas danzas tradicionales de pueblos indígenas se sabe que la flauta sustituye a los silbidos que se daban. Sin embargo, no se requieren sesudos esfuerzos para explicar la aparición del genio musical de Jesús Meza. Silbar es algo natural y, como explica uno de los entrevistados, un medio de comunicación en los viejos pueblos que la pasaban a oscuras al caer la noche o, como el famoso lenguaje gomero, de las islas Canarias, cuando una difícil orografía lo hace un recurso obligado, o como en el caso de los aztecas, un arma de combate, ya que comunicaban órdenes guerreras por medio de silbidos musicales. Ahora en nuestro tiempo no es raro que en la música moderna se alternen los solos de chiflido con guitarras eléctricas y batería. Sin embargo, como decía, Jesús Meza es la expresión más elevada del genio musical natural. Y sin embargo en su caso es injusto utilizar el tèrmino minimal que se aplica cuando se usan los componentes mínimos, o sea los sones y voces primarios, que llevan a una creatividad musical esencial, reducida a la mínima expresión, a la sustancia pura de la música, del tarareo o del son por el son en sí, porque Jesús Meza, no se  queda en eso, sino que se eleva en sus composiciones que tienen un dejo sinfónico siendo el creador de la expresión del arte más viva, actual y representativa que ha surgido en el estado de Morelos. Es nuestro Mozart, nuestro genio vernáculo. 

Juan Meza compuso su obra más importante desde los años 50 del siglo XIX a poco antes del fin del siglo, es lamentable que no se documentara desde entonces en plena era de las máquinas y la escritura y un crimen de lesa cultura que se perdieran la mayoría de sus sones y jarabes. Los que sobreviven los rescata la memoria de un niño de 13 años de edad y ahora en este libro se ponen las partituras a la luz pública para que los músicos que las tocan de oído recuperen algo de lo que don Brígido Santamaría rescató de la maravillosa obra de Jesús Meza. 

El conocimiento de este ilustre personaje es algo que agradezco a este libro y al trabajo de investigación de  Ortiz Padilla con todos sus hallazgos y todas las inquietudes que nos deja. 

Ahora bien, ¿por qué esa manía de componer música para las fiestas de toros y para los bailes populares? Por supuesto que no es una ocurrencia para entretenerse en las largos viaje del arriero, es todo un oficio. El arte deviene del oficio. No brota su música por qué sí, porque unos muchachos andan haciendo travesuras en el pueblo y hay que ponerle ritmo al son de sus pisadas. Juan Meza viene haciendo música desde siempre, desde la primera vez que estuvo en una fiesta pueblerina en su infancia. Sólo así se puede explicar la altura a la que llegan sus creaciones. Las fiestas patronales de la comarca lo llenan de los sonidos de las flautas y tambores y así como Alejandro se enamora por siempre de la visión que el tío Carlos le brinda del chinelo, así Juan Meza escuchó arrobado las danzas apaches, las danzas de la conquista, las danzas de indios que al principio fomentó y permitió la iglesia y luego prohibió escandalizada cuando el pueblo las hizo suyas y las transformó a su manera. 

Muchas de estas manifestaciones populares, tienen un sentido burlesco que se agudiza en el carnaval, la fiesta pagana de Europa que echa raíces tan profundas en América. Sin embargo, lo burlesco no necesariamente viene de España, a pesar de una larga tradición de burlas que tuvo su culminación en los desfiles solemnes que se celebraban en el Reino de la  Nueva España, en particular en los siglos XVII y XVIII. En esa época, sobre todo en la ciudad de México que siempre fue la capital, cualquier festejo daba pie a una mascarada que iba de lo solemne y la pompa triunfal a lo burlesco y jocoso. Los desfiles de la Universidad eran los más grandes y famosos. Empezaban con el rector y todos los doctores luciendo galas ostentosas a caballo regio. La parte humorística cerraba el desfile con mojigangas, grutescos, figuras, disfraces que hacían burla sangrienta de los más distinguidos personajes, al grado que se prohibieron esta clase de eventos en 1646; sin embargo, era una costumbre tan arraigada que se siguieron celebrando hasta 1750 y tantos cuando culminaron en una matanza de estudiantes. 

Pero decía yo que la burla, la mofa, la broma, lo jocoso no viene tan sólo de la parte española que nos toca. En una época tan temprana como 1544, el obispo Fray Juan de  Zumárraga, reporta escandalizado “hombres vestidos de mujer bailan y saltan con lascivos y deshonestos movimientos del cuerpo”, en la mera misa de catedral. El mitote, es un ejemplo de baile prehispánico, del que nos cuentan  intervenían danzantes, acróbatas y jóvenes que humorísticamente  imitaban a los ancianos, a los huehues, y a partir de entonces encontramos noticias en toda la parte central del país de los huehuenches como un elemento omnipresente en las fiestas tradicionales cuando en ellas se presenta el mundo al revés, a los jóvenes como viejos, a los hombres como mujeres, a los pobres como reyes y emperadores. 

La cultura indígena tenía tal fuerza en la época de la Colonia que después de las fiestas del carnaval, que en todas partes pueden ir del día de la Candelaria hasta antes del miércoles de ceniza, en nuestra tierra se prolongan en la misma cuaresma que es de recogimiento, vigilia, abstinencia, de guardar. Y así las fiestas grandes de Chalma y Amecameca caen en el primer viernes, la del señor de Tepalcingo el tercer viernes, en Mazatepec y Totolapan el 5º viernes y en Huazulco en martes santo. En estas celebraciones es donde Jesús Meza se impregna de los sones indígenas y de la música sincrética que surge de los instrumentos importados de Europa. Creo que ahora ya no tenemos idea precisa del realce que llegaban a tener esas fiestas, donde no solamente había música y danzas indígenas, sino bailes populares, desfiles festivos, fiestas de toros con su música particular, teatro tradicional también con danzas y música y hasta reoresentaciones de combates, como El Reto o Los doce pares de Francia, la Loa a Agustín Lorenzo, el Romance de don Gato, las danzas teatrales de Moros y Cristianos. Todo esto fue sustancia, esencia que mamó en su niñez, en su juventud y toda su vida Jesús Meza, el insigne compositor. En un contexto semejante, se explican los hechos que dan origen al chinelo, los cuales se documentan en esta obra. 

Y pese a todo esto, al contexto que menciono, el chinelo es una verdadera invención original, que nació de manera espontánea en las calles de Tlayacapan, no precisamente como.una reacción envidiosa de los indios hacia los señores, sino como una continuidad de aquello que se llevaba en el alma morelense. En ese desconcierto inicial, los garroteros y huehuenches que andaban medio perdidos en el mitote, en el relajo, se transformaron por obra y gracias de los sones de Jesús Meza, en los chinelos. 

Creo que todo este ambiente festivo cultural cocinado en cientos de años es lo que puede explicar los hechos que dan origen al chinelo. En un escenario de fiestas de toros y ferias populares que ocurren en el amplio territorio de la cuenca del río Balsas, cuando todavía Morelos no es Morelos, sino sólo Cuautla era oficialmente ciudad de Morelos, y Yautepec aún no reunía al primer congreso del estado, en esa época se explican los hechos que de manera particular en el pueblo de Tlayacapan, dan origen al chinelo como una música y una danza que ha trascendido inclusive las fronteras de México. Es decir, pese a todo el grandioso escenario de las fiestas patronales que menciono, el chinelo es una verdadera invención original del pueblo de Tlayacapan de la que mucho se debe a Jesús Meza. 

En un momento previo al chinelo, los garroteros y huehuenches andaban medio perdidos en el mitote, en el relajo, en las calles de Tlayacapan, y de pronto, por obra y gracia de los sones que empieza a tocar la banda de Los Tepachichis, se transforman en los chinelos. Previo, como decía, van los huehuenches y garroteros en el carnaval dando gritos y silbidos para acompañar sus bailes, a la manera que cuenta Bernal Díaz iban los aztecas al combate. Algunos de esos silbidos tienen alguna musicalidad y se van repitiendo. Cuando se organiza la primera banda rústica, empieza ella a reproducir las piezas mejor logradas. Y es cuando aparece Jesus Meza, y Los Tepachichis y más tarde la banda de Los Alarcones, interpretan sus creaciones. 

Pronto las nacientes comparsas se las arreglan ellas mismas para crear un traje a su estilo, a su modo y a su conveniencia, de tal suerte que el traje del chinelo resulta también una creación original, que pudo haberse inspirado en algo de la deslumbrante escenografía de la comarca Tlaxcala, Puebla, Estado de México, en la que se encuentra sumergido nuestro estado. Del sencillo y elegante traje de Tlayacapan se derivan los trajes característicos de otras regiones del estado. También tienen su sello de originalidad. 

Yo estoy convencido de que si el chinelo no hubiera sido creado en Tlayacapan, lo hubiera sido en cualquier otra parte del estado, pues es un suceso, el de su creación y nacimiento, que tenía que ocurrir necesariamente en esta tierra morelense. No andan muy errados quienes imaginan en su conformación antecedentes muy enraízados, pues el chinelo sólo fue posible gracias a la decisión de lo que López Austin llama "núcleo duro de la cultura pueblerina", pues nada prende hasta las raíces profundas de un pueblo si no es a través del humus cultural, ese aglutinante interno de las sociedades que permite a los pueblos "realizar procesos de conceptualización práctica" para enfrentar situaciones inéditas y reinterpretarlas a su manera. 

Sólo los pueblos que mantienen su núcleo duro cultural más o menos intacto es donde perviven mejor las tradiciones, digamos el Carnaval y las fiestas patronales, mientras que aquellos que han dejado de ser pueblo, en el sentido del altépetl nahua de "territorio y organización de personas", como Cuautla y Cuernavaca, han perdido su esencia de pueblo y están condenándose a la mediocridad de las ciudades sin identidad, sin chiste, sin nada. 

 En la página 23 de esta obra, se mencionan los años de 1857 y 1867, como fechas probables de la aparición de Los Tepachichis, la primera banda que interpreta la música de don Jesús Meza. 

Son años cargados de historia patria. 

La Ley Juárez en 1855, las leyes de reforma en 1857, la guerra de reforma de 1857 a 1861, la invasión francesa de 1861 a 1867. Finalmente el triunfo de la República y veinte años después la paz porfiriana. En este largo trecho se consolida y se expande la magia del chinelo por el recién creado estado de Morelos. En 1910 se levanta en armas Francisco I. Madero y en 1911, el mismo día que Porfirio Díaz recibe la noticia de que ha caído el quinto de oro, aquí en Cuautla, decide huir al extranjero. La caída de Porfirio Díaz, no trajo la paz deseada al país como sabemos. Para la historia del chinelo, la sangrienta represión de que es víctima el campesinado morelense, desde 1911 hasta 1919, significó la dispersión de los músicos que tocaban los aires originales de Jesús Meza, con la consecuente pérdida de muchos de sus sones y jarabes no escritos. 

Julio Estrada en uno de sus profundos estudios de la música prehispánica, asegura que “la búsqueda de la música perdida antes y después de la conquista, es empresa difícil cercana a lo imposible”, frase que casi podría aplicarse a la música del chinelo perdida en este período sangriento. 

Finalmente, me voy a referir a otro de los asuntos que se aclaran finalmente en este libro. 

El nombre de chinelo es otra de las aportaciones de Jesús Meza, queda muy bien explicado por Alejandro. 

Morelos es una zona de influencia nahuatl, no en balde en Tetelcingo tuvo su origen el Instituto Lingüístico de Verano. Hoy apenas escuchamos a algún trasnochado decir “Hasta moxtla”, pero hace cien años, o poco más, el nahuatl era una lengua presente inclusive entre los Ministros de la Suprema corte de Justicia de la Nación. No había hombre culto en la época de la Reforma que no hablara nahuatl. En los pueblos un buen porcentaje de la población seguía ligada al idioma mexicano. Es evidente que Jesús Meza tenía el dominio del idioma para crear una palabra nueva en nahuatl, tal como lo permite este idioma. En realidad el nahuatl tiene una supervivencia subterránea entre nosotros mismos.  Así, pues cuando Jesús Meza llama Tzinelohua a la música que ha creado para las danzas, lo hace como un hablante del nahuatl. La famosa Tz del idioma mexicano, la transformamos en español como una sh o ch. De ahí decimos por acá huichichiqui, por huitzitzilin el plural de hutzilin, colibrí, o nos referimos a la avispa roja huichichila, o a los propios huehuenches, por la terminación tzin del reverencial nahuatl. 

En fin, el libro de Alejandro Ortiz Padilla es una obra documental de enorme valor. La llama “aproximación”, pero no hay tal, es un total acierto. 

Nos deja un tesoro en las manos.

 

 

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Palabras sobre las palabras 

Yautepec 

En el mes de noviembre de 2007, me tocó dirigir algunas palabras en la presentación del libro Un acercamiento sobre el origen del chinelo, obra de Alejandro Ortiz Padilla, personaje fundamental en la historia moderna del chinelo, ya que, entre otras cosas, promovió la primera grabación discográfica de los sones del chinelo, allá por los años 1950, y posteriormente hizo la primera grabación profesional de la Banda de música de Brígido Santamaría, Premio Nacional de Arte, precisamente con la versión original de los sones del chinelo, en los años de 1960. En el libro que tuve el honor de presentar en Yautepec, Morelos, Ortiz Padilla tiene el privilegio de publicar por primera vez las partituras originales de los sones morelenses escritas por don Brígido Santamaría, dentro de una investigación que realizó acerca del origen de los sones del chinelo. Hoy reproduzco las palabras que pronuncié en ese entonces, como un póstumo homenaje a un hombre que llevó en los labios amorosamente el nombre de Cuautla. Falleció a los diez días del mes de enero de 2009.

 
 

 
 

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