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Revista personal de revistas   Año II, No. 1  



Una raya
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  El sueño de los alebrijes

Gilberto Rendón Ortiz

 

Tal vez fueron una pesadilla, un sueño repetitivo, terror y aventura de muchas generaciones hasta que don Pedro Linares domó el horror de la noche con engrudo y papel. Así los alebrijes saltaron del sueño a la realidad.

 

Pero no es verdad que sean el invento reciente de un hombre, pues esas figuras grotescas subyacen en el subconsciente del ser humano desde tiempos inmemoriales. El mérito del maestro artesano de concretar y definir una obra artesanal, es muy grande, pero, como muchas de las creaciones humanas, tiene sus antecedentes inmediatos y lejanos. Reconocerlos no es en demérito del artista; sino una explicación para entender la fuerza con que los alebrijes irrumpieron en nuestro tiempo no sólo en la artesanía sino en el ánima popular.

El primero de loa antecedentes directos y contemporáneos son los judas y diablos que se queman en la semana santa, pues al colocarle a los diablillos patas de cabra, cuernos de chivo, rostro de borracho y alas de murciélago, los alebrijes estuvieron presentes docenas de años en la cartonería mexicana, sólo faltaba definirlos y diferenciar su propio camino como lo hizo Pedro Linares.

Un segundo referente cercano es semántico y se da con un personaje de las leyendas y consejas populares, de la mitología popular. Se trata de un duendecillo travieso al que los viejos llamaban “alecuije”, palabra que se utiliza precisamente como sinónimo de duendecillo de las travesuras, como se puede apreciar en algunas notas periodísticas y en el habla popular (si bien cada día menos). Entre alecuije y alebrije hay consonancias significativas. Es probable inclusive que don Pedro Linares tuviera al despertar de sus sueños de fiebre la palabra “alecuije” en los labios, pero no la recordó bien y dijo “alebrije”, palabra que  resultó afortunada. O simplemente quiso jugar con una palabra parecida a alecuije, como ahora se juega con alebrije y aparecen los alebrujos, las alebrías y otras derivaciones.

Entre los antecedentes lejanos podríamos entretenernos con las descripciones de los animales fantásticos que se mencionan en los textos antiguos, como el ahuizotl o el propio pájaro serpiente, o entretenernos con su aparición en los códices; pero prefiero ser más directo y mencionar la colección de alebrijes prehispánicos más grande que uno se pudiera imaginar: las figurillas de Acámbaro, Guanajuato del Museo Waldemar Julsrud.

La historia de esta colección de figurillas de barro se encuentra ampliamente documentada en la red, donde se pueden encontrar los escritos de Waldemar Julsrud, así como referencias bibliográficas, muchas anécdotas y hasta videos.

Lo triste del caso es el desprecio de la comunidad científica a esta colección que originalmente constaba de 37 mil y tantas figurillas de piedra y cerámica y que ahora, con su acervo reducido en algunas miles de piezas luego de años de abandono, se conservan en el Museo Waldemar Julsrud. Esculturas de más de un metro y medio de largo y miniaturas liliputienses. Todas diferentes, ninguna repetida, algunas hermosas, otras extrañas, curiosas, ingenuas, únicas. Un conjunto impresionante de creatividad.

¿El por qué la indiferencia oficial hacía un tesoro del arte popular? Los hallazgos arqueológicos de Julsrud eran una herejía por si mismos cuanto que las figurillas que empezó a coleccionar parecían dinosaurios. Y en verdad muchas de las figurillas parecen dinosaurios. En los círculos oficiales se asegura que son un fraude.

Es posible, se dice, que el propio Julsrud preparara el engaño entregando a los campesinos enciclopedias completas sobre dinosaurios y culturas de otras partes del mundo; o bien, que el fraude fuera maquinado por los campesinos que llevaron las figurillas al ingenuo de Waldemar. Se acepta la posibilidad de que el primer hallazgo de Julsrud, unas cuarenta piezas de cerámica, fuera auténtico. No más.

Partamos de estas aseveraciones y no demos crédito alguno a la posibilidad de que las figurillas de animales fantásticos tipo dinosaurio (les llaman figurillas tipo Julsrud), unas dos mil, fuesen auténticas, es decir de origen prehispánico. Vale: son falsas. Concedemos como cierto el único hecho de su existencia, consignada el año de 1946.

Bien, pues aún así, con todo y fraude, la colección del Museo Waldemar Julsrud es una maravilla del arte popular, un tesoro inigualable, algo fascinante, que hay que saber apreciar por si misma, como piezas artesanales únicas. Ahí es donde se encuentra su enorme valor, como una muestra de la imaginería popular. Negar esto, con el desprecio oficial o la indiferencia institucional, es una tontería.

Pero veamos una cuestión: ¿por qué hoy, cuando se cuentan con tantas herramientas y aparatos para el análisis de las piezas arqueológicas, no encomienda el INAH un estudio serio de una muestra significativa de figurillas a fin de acabar con el mito que se ha generado en torno de los dinosaurios de Acámbaro? Basarse en los informes de los arqueólogos oficiales que visitaron el lugar en la época de Julsrud, hace casi cincuenta años, es una buena costumbre; pero esos informes tienen muchos años ya, y aunque la arqueología se fundamenta en fuentes de esta clase, ¿qué cuesta con tecnología moderna acabar de una vez con todas con las especulaciones que crecen en la red?

Pudiera ser que ningún arqueólogo serio, ninguna institución de prestigio, quisiera relacionarse con algo que oficialmente ha sido rechazado o que tuvieran miedo de comprobar de pronto que algunas de las figurillas tipo Julsrud tienen cuatro o cinco mil años de antigüedad  y con ello emparentarse con las alocadas ideas del coleccionista y sus seguidores creacionistas (que los dinosaurios convivieron con los seres humanos). De ninguna manera, porque los dinosaurios presentes en la colección Julsrud son la representación de animales fantásticos, es decir simples alebrijes. Es tonto decirles dinosaurios.

El caso es que si se demostrara científicamente el fraude, de dónde proviene el barro de las figurillas y si se cocieron al aire libre o en los hornos de ladrillo y todo lo que fuera necesario para certificar el hecho, las figurillas de Acámbaro cobrarían un nuevo valor por la creatividad de la imaginería popular con que están hechas. Desvalorar esta clase de objetos por el hecho de que son una maquinación fraudulenta, es un error de las instituciones oficiales. Si a Julsrud le sobraba imaginación para crear su colección, al INAH y a CONACULTA les hace mucha falta para crear una salida afortunada a la extraordinaria colección.

Para los efectos de esta nota, nos conformamos con consignar la existencia de alrededor de dos mil alebrijes de barro, muy diferentes a los creados en el D.F., a base de papel maché, y a los creados en Oaxaca con la madera suave de copal.

Los alebrijes, decía al principio de esta nota, fueron tal vez una pesadilla, un sueño. Añado ahora: una alucinación. Una hipótesis plausible para explicar las figuras de Nazca, llevó a los investigadores a las selvas del Amazonas donde una tribu pintaba en sus vasijas motivos muy semejantes a las figuras de Nazca inspiradas por la Ayahuasca, una droga alucinógena ligera cuya virtud fundamental es sacar de adentro las imágenes que atesora el subconsciente.

El propio Pedro Linares (su historia puede verse en docenas de páginas en la red), reconoció a los alebrijes en los sueños de fiebre, verdaderas pesadillas. Yo no postulo que las figurillas de Acámbaro son producto de la ingestión de alucinógenos, sino que sus creadores fueron personas capaces de sacar de adentro los terrores profundos que, de acuerdo a autores como Lovecraft, subyacen en el fondo de la columna vertebral. Capaces, además, de jugar con ellos, de manipularlos y volverlos inofensivos, de atraparlos en una visión lúdica.

Que los alebrijes de Acámbaro provienen del mundo de las pesadillas, lo ilustra una de las figurillas que hemos podido conocer. Una mujer dormida y sobre de ella un espantable animal, tan parecida a la interpretación pictórica de las pesadillas y cuyo ejemplo es La pesadilla, del pintor gótico Fuseli.

Loa verdaderos alebrijes pueden tener dos extremidades en lugar de cuatro, cola de pescado y cuerpo de lagarto, parecerse al género o especie de los dragones o de los dinosaurios, tener una boca más grande que el cuerpo o un cuello largísimo, bailar sobre dos patas y jugar con los humanos, lo mismo que devorarlos. Es cuestión de gustos y de imaginación.

 

 

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 La noche de los alebrijes 

 

Las tradiciones también se crean, se inventan hoy mismo y mañana, no sólo devienen de los tiempos remotos. Así, en Octubre de 2007, nació en el D.F: La noche de los alebrijes. Mi interés personal por los animales fantásticos y en particular por los alebrijes, obtuvo una inesperada recompensa al obtener el primer lugar en el concurso de cuento sobre alebrijes celebrado por primera ocasión por el Museo de Arte Popular de la ciudad de México. El cuento se titula  "La puerta" , aún inédito, y en esencia postula la idea que se discute en el artículo dedicado a los alebrijes de Acámbaro.


 
 
La artesanía del estado de Oaxaca ha lanzado sus alebrijes de maderas suaves como el copal, siguiendo la técnica de decoración de sus animalitos tradicionales. Los ejemplos de los originales "animalitos" provienen de sencillos abrecartas. A partir de ahí, sus alebrijes se llenan de color en formas fantásticas.


















EL MUSEO DE ARTE POPULAR DE LA CIUDAD DE MÉXICO HA PUBLICADO EL SIGUIENTE TEXTO EN SU PÁGINA WEB


Alebrijes, figuras extraordinarias reflejo de la imaginería popular de los artesanos mexicanos, símbolo del colorido y representantes de la exuberante biodiversidad que en materia de fauna podemos encontrar en nuestro país.

Animales fantásticos originarios de México, conjunción de lo real y lo imaginario que funde caprichosamente diferentes animales en un sólo cuerpo. Los Alebrijes representan una propuesta estética y simpática derivada de la combinación de formas y colores.

Sin embargo su origen es incierto, de ahí que existan distintas versiones acerca del mismo. La más difundida es la de los Linares, que según cuentan sus descendientes; Pedro Linares, cartonero radicado en la Ciudad de México, enfermó de gravedad escuchando en sus delirios la exclamación de estas criaturas: ¡Alebrijes! ¡Alebrijes!, comenzando así su tradición familiar.

Existe otra versión de la familia Jiménez, quienes afirman que desde 1927 cuando Manuel Jiménez era un niño, tallaba madera con una navaja en sus tiempos libres mientras trabajaba en el campo; tiempo después comenzó a venderlas en casas de Oaxaca, y en 1957 un norteamericano conoció su trabajo y le dio la oportunidad de llevar sus figuras al extranjero.

Una versión más habla sobre el pintor mexicano José Antonio Gómez Rosas, apodado El Hotentote, que en su paso por la Academia de San Carlos, en donde se organizaba anualmente un baile de máscaras, se le pidió una serie de telones, por lo que encargó a su cartonero Pedro Linares que hiciera una nave y un Alebrije. Ante esta petición Linares le preguntó al pintor cómo hacerlo, a lo que éste le contesto: toma un Judas, y ponle cola y alas de murciélago. En las pinturas de El Hotentote frecuentemente aparecen figuras zoomorfas y fantásticas, en las que se combinan partes de reptiles, aves, anfibios, insectos y mamíferos, al igual que diferentes épocas y estilos.

Dado que la cartonería es un oficio originario de la Ciudad de México, también se piensa en la posibilidad de que, debido a la influencia del barrio chino y los dragones de esta cultura, surgieron los Alebrijes.

No es posible precisar cuál es el origen real, pero una cosa es cierta, la fantasía ha rodeado siempre a estas figuras entre el pueblo, tanto que se le podría considerar un país surrealista por excelencia. Lo importante es que al día de hoy los Alebrijes son una artesanía que fascina y sorprende tanto a nacionales como extranjeros.

Los Alebrijes se fabrican en dos ramas artesanales principalmente: cartonería, que es representativa de la Ciudad de México y madera tallada, en San Antonio Arrazola, Oaxaca.

El proceso de los que se tallan en madera, inicia en las colinas cercanas al valle oaxaqueño, los árboles usados para los Alebrijes son los de copal, del que también se extrae el incienso; su madera es manejable y suave la cual es trabajada durante los primeros ochos días después del corte, se talla y pule a mano. Algunas figuras se arman con diversas piezas para finalmente pintarse conforme a la imaginación y creatividad de cada artesano.

La fabricación de los Alebrijes hechos de cartón, comienza con la estructura de alambre o carrizo que funciona a manera de esqueleto para darle forma y soporte, después se moldea el cartón y el papel con pasta de trigo para hacer un engrudo y se deja secar para su posterior decoración.

En ambas ramas, los Alebrijes son elaborados por nuestros artesanos con extraordinaria paciencia y creatividad; son piezas únicas, son metáforas pintorescas que expresan los más variados sentimientos humanos, como el gozo, la burla, la furia o la felicidad.  
 

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